
Entre rock, anotaciones, pensamientos y política
En algún momento, la política dejó de parecerse a la gestión y empezó a parecerse más a un recital. Hay un escenario, hay performers, hay relato… y hay un público cada vez más difícil de convencer.
En ese cruce incómodo entre representación y autenticidad aparece una frase del Indio Solari que, lejos de ser solo rockera, funciona como una radiografía política: “Las minitas aman los payasos y la pasta de campeón”. Traducida al lenguaje del poder: el electorado oscila entre dos figuras que la política conoce bien: el carismático disruptivo y el gestor eficaz.
Durante años, la política tradicional apostó al “campeón”: experiencia, gestión, previsibilidad. Pero en contextos de crisis, esa figura empieza a perder atractivo. El campeón se vuelve predecible, incluso aburrido. Y cuando la realidad no mejora, deja de ser garantía de nada.
Ahí es donde entra el “payaso”.
No como figura menor, sino como un actor que rompe el guion. El payaso dice lo que otros no dicen, exagera, incomoda, y sobre todo conecta emocionalmente. No necesariamente tiene razón, pero tiene algo más valioso en tiempos de desafección: atención.
El rock lo entendió antes que la política. Desde Charly García gritando que “los dinosaurios van a desaparecer”, hasta Luca Prodan construyendo una estética de ruptura total, lo que estaba en juego no era solo la música: era una forma de pararse frente al poder. El rock no pedía permiso. Interpelaba.
La política, en cambio, se volvió excesivamente racional en un mundo que ya no lo es. Cree que los datos alcanzan, que la gestión habla por sí sola, que la comunicación es una extensión de lo que se hace. Pero hoy eso no alcanza.
Hoy, lo que no emociona, no existe
El voto dejó de ser una decisión estrictamente racional para convertirse, cada vez más, en una respuesta emocional. La política pasó a definirse en la capacidad de generar identificación, pertenencia y sentido fortaleciendo a quién logre conectar, interpretar el clima social y transformar esa emoción en adhesión (o votos).
Gobernar bien ya no alcanza. También hay que ser creíble. Y en esa disputa, muchas veces el que grita más fuerte, el que incomoda más o el que rompe más reglas termina ocupando el centro de la escena.
Pero el rock también deja una advertencia. Los recitales terminan.
La energía se disipa. Y lo que queda, finalmente, es si hubo algo más que espectáculo.
La política enfrenta hoy ese mismo desafío: salir del show sin perder al público. Volver a construir una relación donde la representación no sea una actuación permanente, sino un vínculo con sentido.
Porque si todo es performance, nadie gobierna. Y si nadie gobierna, el escenario queda vacío… pero el ruido sigue.
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